La Cofradía de Dolores no es una comparsaporque no nace para entretener, desfilar ni para ser juzgada por aplausos.
Una Cofradía nace de la fe, se sostiene en la oración y camina con sentido de Iglesia. No sale a la calle para exhibirse, sino para dar testimonio; no se mueve por modas, sino por devoción; no compite, porque su razón de ser no es ganar miradas, sino acompañar a Cristo y a su Madre.
En una comparsa todo termina cuando acaba el desfile.
En una Cofradía, lo esencial empieza mucho antes y continúa todo el año: en el culto, en la caridad, en la formación, en el cofrade que sufre y es acompañado. El paso no es un escenario, es un altar en movimiento; el hábito no es un disfraz, es signo de compromiso; el silencio, la música o el orden no son estética, son lenguaje de fe.
Cuando una Cofradía olvida esto y actúa como comparsa, pierde su alma. Y cuando lo recuerda, incluso en la sencillez, se convierte en lo que siempre ha sido: una comunidad de cofrades que camina unida, con humildad, poniendo a Dios en el centro y dejando que la calle sea solo el medio, nunca el fin.
Los egos y las actitudes dictatoriales hacen un daño profundo a nuestra Cofradía, porque la alejan de su esencia. Una Cofradía no se construye desde el “yo”, sino desde el “nosotros”; no se gobierna desde la imposición, sino desde el servicio. Cuando alguien antepone su protagonismo personal, la Cofradía deja de ser comunidad y empieza a fracturarse.
El ego busca aplausos, control y reconocimiento. La Cofradía, en cambio, está llamada a la humildad, al diálogo y a la caridad fraterna. Donde manda el ego, desaparece la escucha; donde se impone el miedo, se apaga la participación; y donde se gobierna sin corazón, los cofrades se sienten números, no familia.
El autoritarismo no genera unidad, solo obediencia vacía o silencios forzados. Los cargos son temporales; la Cofradía permanece. Quien gobierna debe recordar que no es dueño, sino custodio, y que el verdadero liderazgo se demuestra sirviendo, no dominando.
Esta no es la idea de Cofradía que se merecen las nuevas generaciones de Ferrol. No se merecen estructuras cerradas ni liderazgos basados en el ego, el miedo o la imposición. No se merecen una Cofradía donde unos pocos mandan y muchos callan, donde la ilusión se apaga antes de aprender a amar lo que significa ser cofrade.
Las nuevas generaciones merecen una Cofradía viva, abierta y cercana; una Cofradía que enseñe con el ejemplo, que forme en la fe y en los valores, que escuche y acompañe. Merecen descubrir que una Cofradía no es un espacio de poder, sino de servicio; no un lugar para figurar, sino para crecer como personas y como cristianos.
Si lo único que ven es enfrentamiento, protagonismo y autoritarismo, aprenderán a alejarse. Pero si encuentran humildad, fraternidad y verdad, se quedarán. Porque los jóvenes no buscan perfección, buscan coherencia. No buscan discursos vacíos, buscan testimonios reales.
Cuidar una Cofradía es también cuidar su futuro. Y el futuro pasa por mostrar a las nuevas generaciones que ser cofrade significa caminar juntos, con respeto, con ilusión y con fe. Todo lo demás es ruido que antes o después convertirán a nuestra Cofradía en una COMPARSA.
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