Hay críticas que nacen del enfado y otras que brotan de la decepción. Esta pertenece, sin duda, a las segundas. Porque cuando uno lleva días intentando digerir lo vivido, no es tanto la indignación lo que queda, sino una sensación más incómoda: la de haber asistido a una oportunidad perdida.
La antesala ya anticipaba el tono. Un presidente desbordado en sus intervenciones públicas, encajando conceptos con más voluntad que acierto, dejando frases que no ayudaban precisamente a situar el contexto de lo que se pretendía celebrar. Hablar de “dos o tres siglos” con ligereza o ubicar referencias históricas con un “por ahí” o no tener claro el número exacto de las Estaciones, no es solo una cuestión de forma: es, en el fondo, una cuestión de rigor. Y cuando se trata de conmemorar, el rigor no debería ser opcional.
Pero el problema no quedó ahí. Porque si algo se esperaba de un aniversario era, precisamente, lo extraordinario. Y lo que se ofreció fue, en esencia, lo de siempre… con menos acierto. La imagen de la Virgen, ya vista en la parihuela el viernes, confirmaba lo previsible. Nada que sorprendiera, nada que aportara una lectura distinta. Su vestimenta rozaba el perfil bajo. Querer copiar lo de antes es un querer y no poder. Y después, el salto al trono —que no era el suyo— evidenció una falta de armonía difícil de obviar: proporciones que no encajaban, elementos que no dialogaban entre sí, una candelería que más que acompañar, distraía por sus desproporciones y falta de unidad con lo elementos. Incluso los faroles traseros parecían cumplir una función más decorativa que coherente, como si su presencia respondiera más a la necesidad de rellenar que a un criterio estético o simbólico. Y la Virgen otra vez con un carencia tremenda en cuanto a vestimenta y proporciones de los diferentes elementos, como siempre.
Y así, lo que debía ser excepcional se convirtió en una reiteración. Porque lo verdaderamente llamativo no fue innovar, sino insistir. Insistir en lo mismo, pero con menos finura. Convertir en extraordinario lo que, en realidad, no dejaba de ser una versión desdibujada de lo habitual.
El desarrollo tampoco ayudó a cambiar esa percepción. Afluencia en puntos concretos, sí; cierto movimiento en entradas y salidas, también. Pero después, la imagen de siempre: tramos vacíos, silencios prolongados, esa sensación de caminar en solitario que dista mucho de lo que uno esperaría en una cita señalada. No fue un problema de público puntual, sino de pulso general. Hasta la ausencia de cofrades y portadores fue mas que evidente.
Quizá por eso resuena tanto esa reflexión escuchada al día siguiente, pronunciada desde la experiencia de quien conoce bien esta realidad: que sin la Virgen de Dolores —y sin quienes vinieron de fuera— todo habría sido exactamente lo mismo. Una frase dura, pero que obliga a mirar de frente y a reflexionar profundamente.
A todo ello se sumó un detalle que, lejos de ser menor, dejó también un poso incómodo entre muchos cofrades. La Semana Santa tiene, entre otras cosas, un lenguaje propio en el que el anonimato forma parte de la esencia: el capuz iguala, diluye identidades y centra la atención en lo verdaderamente importante. Pero fuera de ese contexto, en una procesión extraordinaria como la vivida, todo cambia: los hábitos desaparecen y las personas quedan al descubierto, vestidas de paisano, reconocibles. Y con esa visibilidad, inevitablemente, también quedan expuestas las formas. Lo que en otros momentos queda velado, aquí se mostró con claridad: gestos, actitudes y ciertos excesos de protagonismo que evidenciaron, en no pocos casos, una falta de templanza y de saber estar impropia de lo que se espera en un contexto así. Porque cuando desaparece el anonimato, lo que aflora no siempre suma; y en esta ocasión, más bien al contrario, restó.
Porque la pregunta sigue en el aire: ¿En dónde estuvo lo extraordinario? Tras un año entero de "preparación", lo que se esperaba no era perfección, pero sí intención, cuidado, relato. Algo que justificara la palabra aniversario más allá de lo meramente formal. Sin embargo, lo que se percibió fue rutina, improvisación en algunos aspectos y, sobre todo, una preocupante falta de ambición y hasta de ideas para evolucionar y sorprender.
Y ahí es donde duele de verdad. No en el fallo puntual, ni en el detalle desacertado, sino en la renuncia a hacer algo que realmente estuviera a la altura de lo que se pretendía conmemorar. Porque las oportunidades, en este contexto, no solo pasan: también se notan cuando se dejan escapar.
Y ya para culminar, el anunciado ágape con el que la cofradía pretendía redondear la convocatoria y, de paso, incentivar la asistencia. La idea, en abstracto, podía resultar acertada; la ejecución, sin embargo, volvió a quedarse muy lejos de lo esperado. Más que un encuentro cuidado y acorde a la ocasión, lo que se ofreció fue algo más cercano a un cumpleaños infantil que a un acto vinculado a una efeméride de este calado: snacks del supermercado y litronas como estandarte. Que imagen se llevarán los hermanos que han venido de fuera. Un remate que, lejos de sumar, terminó de reforzar esa sensación general de falta de mimo y de criterio.
Ah, y por cierto. Con no poca ironía, conviene también detenerse en el siguiente anuncio: la cofradía celebrará estos días, del 7 al 15 de septiembre, una novena en honor a la Virgen de Dolores, que culminará —según la propia comunicación— el día 15 con una SOLEMNE FIESTA PRINCIPAL. Nueva aportación, al parecer, al vocabulario cofrade. Porque si algo ha quedado claro en este episodio es que no solo se reinterpretan las formas, sino también los términos. Y quizá ahí, en esa mezcla entre lo pretendidamente solemne y lo sorprendentemente improvisado, esté una de las claves de todo lo vivido.








