A menos de un mes para el Domingo de Ramos, la Semana Santa de Ferrol vuelve a exhibir, sin rubor, uno de sus problemas más crónicos: la incapacidad de organizarse con un mínimo de seriedad. No hablamos de imprevistos ni de ajustes de última hora. Hablamos de algo mucho más grave: desorden estructural, falta de responsabilidad y una preocupante cultura del “todo vale”.
La situación es tan absurda como indignante. A estas alturas, los horarios y recorridos de las procesiones no solo no están claros, sino que las propias fuentes oficiales resultan poco fiables. La Junta de Cofradías publica datos que luego las propias cofradías desmienten. Cada llamada corrige a la anterior. Cada consulta genera más dudas. Y mientras tanto, el ciudadano —y también el visitante— queda atrapado en un laberinto de versiones contradictorias.
Pero lo verdaderamente escandaloso no es el error puntual, sino su reiteración año tras año. Aquí no se aprende. Aquí no se corrige. Aquí se repite.
Las páginas web de muchas cofradías son un reflejo perfecto de esta dejadez: contenidos desactualizados, referencias a años anteriores, recorridos que ya no existen y, en algunos casos, un abandono que roza lo esperpéntico. Hay hermandades que ni siquiera han sido capaces de corregir información errónea del año pasado. Otras, directamente, parecen haber desaparecido del siglo XXI.
Y en medio de todo esto, el procesionario oficial. Ese documento que debería ser la guía fiable de la Semana Santa y que, sin embargo, se ha convertido en un símbolo del despropósito. Se imprime en diciembre, cuando todavía no hay nada cerrado. Se imprime sabiendo que está mal. Se reparte sabiendo que no sirve. Y se justifica su inutilidad con un código QR que remite a una información digital que, en muchos casos, tampoco es fiable.
Es difícil encontrar un ejemplo más claro de desprecio por el sentido común.
Porque aquí ya no se trata solo de mala organización. Se trata de algo más serio: el uso irresponsable de recursos públicos. El procesionario y otros materiales se imprimen con apoyo institucional. Es decir, con dinero de todos. Y aun así, se acepta con normalidad que ese dinero financie un producto defectuoso desde su origen. ¿La excusa? Que “sale gratis”. No, no sale gratis. Lo paga la ciudadanía. Y lo paga para recibir algo que no cumple su función.
Este problema tiene nombres y apellidos: falta de exigencia, ausencia de liderazgo y una alarmante tolerancia hacia la mediocridad. Nadie asume responsabilidades. Nadie rinde cuentas. Y lo más preocupante: nadie parece tener prisa por cambiar nada.
Mientras tanto, se sigue presumiendo de una Semana Santa de interés turístico internacional. Se repite el título como un mantra, como si fuera un escudo que todo lo justifica. Pero los reconocimientos no son eternos ni incondicionales. Se sostienen con trabajo, con rigor y con profesionalidad. Exactamente lo que aquí brilla por su ausencia en muchas áreas de trabajo como en la que nos ocupa.
Lo más sangrante es que el problema no es técnico ni económico. Es, simple y llanamente, una cuestión de actitud. De tomarse en serio lo que se hace. De respetar a quien participa y a quien observa. De entender que la tradición no puede ser una coartada para la incompetencia.
Porque cuando ni siquiera los propios ferrolanos tienen claro a qué hora sale una procesión o por dónde pasa, el problema ya no es de imagen. Es de credibilidad.
Y la credibilidad, a diferencia de los procesionarios mal impresos, no se puede rehacer cada año como si nada hubiera pasado.




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