La procesión del Sábado Santo volvió a dejar una sensación agridulce. Por un lado, se mantiene ese sello tan característico de la Cofradía de las Angustias: sobriedad, recogimiento y una estética que, cuando todo encaja, resulta verdaderamente sobrecogedora. Sin embargo, año tras año se percibe una tendencia preocupante: la pérdida progresiva de cofrades y músicos está empezando a afectar de forma evidente al conjunto.
Uno de los puntos fuertes históricos de esta cofradía ha sido siempre la uniformidad y el buen hacer de sus tercios. Pero cuando el número de integrantes disminuye, el resultado se resiente. Los tramos se estiran de manera antinatural para cubrir el recorrido, rompiendo la armonía que antes los definía. Es un problema estructural que ya no se puede disimular.
En el inicio de la procesión, no solo el sábado, sino en todas las procesiones de las Angustias, surge una cuestión llamativa: los faroles de suelo que custodian a la cruz de guía son portados alzados, algo que desvirtúa completamente su función y estética. Son detalles que, aunque puedan parecer menores, dicen mucho del cuidado (o descuido) en la puesta en escena.
También resulta difícil entender ciertas afirmaciones sobre el patrimonio, como la supuesta datación de la cruz sudario en el siglo XVIII, un dato que, sin una base clara, genera más que dudas. No entiendo quien se inventó esa aberración que va camino de convertirse en verdad de tanto repetirse cada año. En las publicaciones oficiales figuran tonterías como esta, y sin embargo, otras imágenes aparecen año tras año sin datar.
En el apartado positivo, la Virgen lució espléndida.
Tampoco se entiende la disposición de la capilla musical, que en lugar de situarse inmediatamente delante del paso de la Virgen —como es habitual y más coherente— marchaba delante del último tercio previo al paso. Esta ubicación rompe la lógica del acompañamiento musical y resta fuerza al conjunto, generando una sensación extraña en el discurrir de la procesión.
El cambio de vestidor por fallecimiento del anterior, se ha resuelto con solvencia por parte de la nuevas responsables. La imagen, vestida de luto, recupera una línea más sobria y acertada, alejándose de propuestas anteriores (a la gallega) menos convincentes. En el cómputo general del arte de vestir en las Angustias hay mucho camino que recorrer, con muchas imágenes (Virgen Desamparados y Virgen de la Luz, especialmente), que necesitan un cambio radical en su forma de vestir y en la forma como van vestidas. En resumir, es justo reconocer el esfuerzo y el resultado.
Volviendo al paso de la Virgen, en líneas generales, cumple, aunque el exorno floral no termina de convencerme del todo en cuanto a tonalidad. Más preocupante es el tema de la iluminación: Los hachones, que forman parte esencial de la identidad del paso, permanecen apagados la mayor parte del recorrido. Cuesta entender por qué no se destina a una persona a su mantenimiento durante la procesión.
Otro aspecto que sigue lastrando el conjunto es el uso de focos directos sobre los rostros de las imágenes. Lejos de realzarlas, generan un efecto artificial que rompe la atmósfera y desvirtúa la expresión.
En cuanto al porte del trono, la retirada de ruedas es un paso adelante, pero insuficiente sin una cuadrilla trabajada. Falta ensayo, falta coordinación y, sobre todo, falta estabilidad en el grupo. El resultado es un paso irregular, con desequilibrios constantes que restan solemnidad. Este tipo de mejoras requieren planificación a largo plazo, no soluciones improvisadas.
Más allá de lo puramente estético, el problema de fondo es evidente: la cofradía está estancada. La falta de renovación, la escasa captación de nuevos miembros y la gestión cerrada están pasando factura. No se puede pretender llenar filas o reforzar una banda semanas antes de la Semana Santa. El trabajo debe ser continuo.
Una cofradía no puede limitarse a existir una semana al año. Necesita vida, actividad, identidad. Los cofrades —especialmente los más jóvenes— buscan sentirse parte de algo dinámico, en evolución. Y aquí es donde esta corporación tiene una asignatura pendiente importante.
La banda, por su parte, atraviesa un momento delicado. Y cuando hay personas dispuestas a sumar, a aportar, a ayudar, no se pueden cerrar puertas como ya hizo en alguna ocasión por cuestiones internas o de jerarquía. A veces, avanzar implica saber dar un paso a un lado. Y al igual que ocurre con los directivos de la Hermandad, ocurre con los de la banda. Tantos años ahí crea una sensación de que el juguete es de uno. Nada mas lejos de la realidad.
No todo es negativo: actos como la recaudación en la arqueta siguen siendo un ejemplo de organización y consolidación. Demuestran que, cuando se trabaja bien, los resultados llegan.
Pero el mensaje final es claro: hace falta abrir la cofradía, renovar ideas y apostar por el futuro. El patrimonio es excelente, el barrio tiene identidad y la base existe. Lo que falta es impulso. Porque si no hay evolución y renovación, lo que hoy es tradición mañana corre el riesgo de convertirse en inercia.
Y la inercia, en una cofradía, es el primer paso hacia la desaparición. Y las Angustias, con la pérdida constante de cofrades se acerca a un acantilado peligroso.
FOTOS PROPIEDAD IGNACIO DEL MORAL "INAXETE"





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