Siempre he defendido que los mandatos en las cofradías deben tener límites claros y, sobre todo, cumplirse. Cinco, diez años como máximo. No más. No es una cuestión personal, sino de salud institucional. Las cofradías, como cualquier otra organización, necesitan renovación, aire nuevo y equilibrio. Cuando eso no ocurre, el riesgo es evidente: el poder deja de ser un servicio y empieza a parecerse demasiado a una propiedad.
El caso de la cofradía de la Soledad es, para mí, paradigmático. Su ex hermano mayor, José Evia, ha estado más de treinta años al frente. Treinta años. Una cifra que, por sí sola, ya debería hacernos reflexionar. Pero lo más preocupante no es solo la duración, sino el hecho de que existiendo estatutos que fijan límites, estos no se hayan cumplido.
Siempre he sido muy crítico con su gestión, y lo sigo siendo. No creo que su etapa haya sido acertada. Al contrario: tengo la firme convicción de que recibió una cofradía mejor de la que ha dejado. Mucho mejor. El deterioro patrimonial es evidente. El patrimonio antiguo no solo no se ha cuidado como debía, sino que en algunos casos se encuentra deteriorado o incluso perdido. Y en cuanto al patrimonio nuevo, salvo contadas excepciones, las decisiones no han estado a la altura.
Pero hay un hecho especialmente simbólico que resume muchas cosas: la desaparición de la banda juvenil de granaderos. Nada más llegar, una de sus decisiones fue eliminar uno de los emblemas más representativos de la cofradía. No era solo una banda; era identidad, tradición, cantera, memoria viva y sobre todo, labor social. Y lo más llamativo no es únicamente que se eliminara, sino el silencio posterior.
Durante más de treinta años, nadie planteó su recuperación. Nadie impulsó un homenaje. Nadie abrió siquiera el debate. Absolutamente nada.
Y entonces ocurre algo que no deja de ser, cuanto menos, significativo: bastan unos meses tras su salida para que, en la primera Cuaresma y Semana Santa sin él, la nueva etapa impulse un acto de homenaje a la figura del granadero. De repente, lo que durante décadas no existió, ahora sí tiene cabida.
La pregunta es inevitable: ¿por qué ahora sí y antes no?
Cada uno sacará sus conclusiones. Pero cuesta no pensar que había decisiones que no se cuestionaban, temas que no se tocaban y una forma de gobernar que, aunque quizás no fuera intencionadamente autoritaria, sí generaba un entorno donde ciertas iniciativas simplemente no tenían espacio.
Porque ese es el verdadero problema de los mandatos excesivamente largos: no hace falta imponer para condicionar. Con el tiempo, la cofradia se adapta a una única forma de hacer las cosas, y todo lo demás desaparece.
Por eso sigo defendiendo lo mismo que siempre: limitar los mandatos no es un capricho, es una necesidad. No se trata de ir contra nadie, sino de proteger a la propia cofradía. De evitar que se confunda liderazgo con permanencia, gestión con propiedad y tradición con inmovilismo. Y esto lo extiendo a cualquier cargo dentro de una Hermandad.
Porque cuando una etapa se prolonga demasiado, el daño no siempre se ve de inmediato. A veces se manifiesta años después, cuando alguien, por fin, abre una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada.
Foto: Desconozco la propiedad.

No hay comentarios:
Publicar un comentario