El otro día, por motivos de trabajo, no pude acudir ni a la procesión de la festividad del Cristo Redentor ni al viacrucis de las cofradías. Pero que uno no esté presente no significa que no pueda ver lo ocurrido. Hoy en día las imágenes y los vídeos circulan con facilidad, y para quienes seguimos con interés el mundo cofrade es casi inevitable acabar revisándolo todo después. Y, sinceramente, lo que vi no me sorprendió demasiado. En Ferrol hemos avanzado mucho en muchas cosas, es cierto, pero seguimos tropezando con el mismo problema de siempre: cada vez copiamos más. Y lo que es peor, la mayoría de las veces copiamos mal, pues solo miramos el envoltorio y nos olvidamos del contexto.
Lo primero que resulta difícil de entender es cómo en una procesión que celebraba nada menos que los cien años de la hechura de la imagen del Cristo Redentor se decide sacarlo en el “columpio”— en lugar de hacerlo en su paso. No tiene sentido. Ese Cristo luce, y mucho, en su paso. Está concebido para eso, para procesionar con la dignidad y la presencia que le da su conjunto completo. Empeñarse en cambiarlo de una cruz a otra, en montarlo y desmontarlo continuamente, además de restarle presencia, termina siendo un riesgo innecesario para la propia imagen. Al final, con tanto cambio, acabarán dañándolo. Y entonces vendrán los lamentos. Ese Cristo no fue concebido para ir en el “columpio”, sino que que se lo pregunten a la Soledad que se cargaron uno “jugando” al Cristo de Mena.
Pero más allá de la cuestión estética o patrimonial, lo que cuesta comprender es la falta de ambición. Una efeméride de cien años no debería resolverse simplemente con una procesión. En muchas ciudades, un aniversario de este tipo da pie a meses de actos: cultos especiales, conferencias, exposiciones, publicaciones, encuentros… una programación que vaya construyendo poco a poco el camino hasta el día grande. Aquí, en cambio, parece que todo se soluciona con sacar la imagen a la calle una tarde y dar el asunto por cerrado. Es una forma muy pobre de entender una conmemoración que podría haber sido mucho más significativa. Y no hablo en particular de la última, pues el criterio es siempre el mismo. Misa y procesión.
Y si lo anterior resulta discutible, el apartado musical termina de completar el desconcierto. En una procesión de carácter festivo, de celebración, se opta por una “capilla musical”. Las capillas musicales tienen su lugar, y su lugar es claro: procesiones de silencio, actos fúnebres, pasos de recogimiento. Su repertorio está pensado precisamente para ese clima. Utilizarla en una procesión que pretende ser alegre y conmemorativa es, sencillamente, incoherente.
Lo curioso es que, al mismo tiempo, en el viacrucis de las cofradías —un acto penitencial, íntimo, sobrio por naturaleza— aparece una agrupación musical. Es decir, justo lo contrario de lo que tendría lógica. Donde encajaría perfectamente esa “capilla musical”, o incluso el silencio, y se coloca una formación de carácter procesional. Y donde se celebraba una festividad se opta por una música de tono fúnebre.
Ante estas decisiones uno no puede evitar hacerse la pregunta: ¿quién piensa estas cosas? ¿Dónde está el criterio? Porque el problema no es innovar ni probar cosas distintas. El problema es la falta de coherencia.
Ferrol tiene una Semana Santa con historia, con personalidad y con potencial. Pero a veces parece empeñada en caer en el peor de los vicios: copiar modelos de otros sitios sin entenderlos y aplicarlos sin ningún sentido. Copiar no es malo si se hace bien. Copiar mal, en cambio, acaba convirtiéndose en un espectáculo de contradicciones.
Y lo preocupante es que, a fuerza de repetir estos desajustes, terminamos normalizándolos. Como si todo diera igual.
Quizá ha llegado el momento de que alguien se siente a pensar las cosas con un poco más de criterio. Porque las procesiones no son solo sacar una imagen a la calle: son un conjunto donde cada elemento —la imagen, el paso, la música, el sentido del acto— debe encajar. Cuando eso ocurre, todo funciona. Cuando no, lo único que queda es la sensación de que seguimos haciendo lo de siempre: copiar sin ton ni son. Y, para colmo, copiar mal.

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