En Ferrol pasa el tiempo, se suceden los cultos, las Cuaresmas, las Semanas Santas, los triduos, quinarios, viacrucis y procesiones extraordinarias… y hay un problema que no solo persiste, sino que parece agravarse: la forma de vestir las sagradas imágenes.
Pero no nos engañemos. El problema ya no es únicamente que, en la mayoría de los casos, las imágenes estén mal vestidas —que lo están—. El problema de fondo es mucho más serio: no existe ningún criterio. Ninguno. Cero.
Hoy una imagen aparece de una forma, mañana de otra completamente distinta, pasado mañana con un planteamiento que no tiene absolutamente nada que ver con el anterior. No hay coherencia, no hay continuidad, no hay una línea estética reconocible. Y así es imposible construir nada. Porque vestir una imagen no es colocar telas: es definir su identidad visual, su carácter, su forma de presentarse ante los fieles.
Y eso, en Ferrol, se ha perdido.
Hubo un tiempo —no tan lejano— en el que las imágenes eran perfectamente reconocibles a distancia. No hacía falta ver el rostro: bastaba una silueta, un tocado, una caída de mantilla para saber qué Dolorosa se acercaba. Cada una tenía su sello. Su personalidad. Su forma de estar vestida. Había diferencias, sí, pero dentro de un lenguaje común, coherente y cuidado.
Hoy, en cambio, asistimos a un desfile de ocurrencias.
Porque eso es lo que hay: ocurrencias. Cambios constantes sin base, sin estudio, sin respeto por una estética consolidada… o peor aún, sin intención siquiera de crearla. Se pretende innovar sin haber construido antes una impronta. Se quiere sorprender sin haber enseñado primero a reconocer.
Y así no funciona esto.
La innovación, en el arte de vestir imágenes, no puede ser el punto de partida. Es el punto de llegada. Primero se define un estilo. Se consolida. Se fija en la retina colectiva. Y solo entonces, poco a poco, con criterio y conocimiento, se introducen matices, variaciones, evoluciones. Lo que está ocurriendo en Ferrol es justo lo contrario: una improvisación permanente disfrazada de innovación.
Pero hay algo aún más grave que todo esto.
Y es que se sabe.
Se sabe que se está haciendo mal. Se comenta en privado. Se reconoce en círculos internos. Y, sin embargo, no se actúa. Se mira hacia otro lado. Se acepta. Se tolera. Bajo el argumento —tan pobre como preocupante— de que “no hay otra persona”.
¿De verdad ese es el nivel?
¿De verdad una hermandad puede permitirse justificar un trabajo deficiente en algo tan esencial como la imagen de sus titulares porque “no hay relevo”? Si no lo hay, se busca. Si no aparece, se forma. Pero lo que no se puede hacer es perpetuar lo mediocre por comodidad o dejadez.
Porque vestir una imagen no es un detalle menor. Es, probablemente, uno de los aspectos más visibles, más identitarios y más sensibles de una cofradía. Es lo que ve todo el mundo. Es lo que queda en la memoria. Es lo que construye devoción… o la debilita.
Y aquí entramos en otro fallo estructural: la ausencia total de formación.
Se llenan las agendas de charlas, mesas redondas y actividades formativas de todo tipo, pero se ignora algo fundamental: vestir una imagen también es formación. Y de las más importantes. Requiere conocimientos de iconografía, de tejidos, de proporciones, de historia, de estilo… y, sobre todo, de respeto.
Sin embargo, no se invierte en ello. No se crean equipos. No se forma a jóvenes. No se trae a profesionales que enseñen. No se genera cantera. Y así, las hermandades quedan a merced de que una o dos personas… hagan lo que hagan. Hagan lo que quieren. Como ahora.
Y ese es el resultado que vemos hoy.
Imágenes sin identidad. Sin continuidad. Sin sello. Sin personalidad definida. Imágenes que cambian constantemente, pero no evolucionan. Que se transforman, pero no mejoran. Que sorprenden, sí… pero para mal.
Ferrol no puede permitirse esto.
No puede permitirse que uno de los pilares estéticos de su Semana Santa dependa del capricho, de la improvisación o del lucimiento personal de nadie. No puede seguir aceptando lo inaceptable por falta de iniciativa.
Porque esto, sencillamente, no es digno del patrimonio devocional que se tiene entre manos.
Y alguien, de una vez, tendrá que ponerle freno.
A todo esto se suma una realidad igual de preocupante: la precariedad generalizada entre cofradías. Cada una parece más débil que la anterior. Algunas viven instaladas en una autocomplacencia difícil de justificar, creyéndose referentes en un contexto donde, en realidad, el nivel global es alarmantemente bajo. Otras atraviesan etapas recientes especialmente pobres, dejando más dudas que certezas sobre su rumbo inmediato. Y hay también casos donde, directamente, se sobrevive con lo justo: con un ajuar limitado y sin los medios necesarios, lo que hace imposible aspirar a resultados de calidad. Pero incluso en esos contextos, la falta de recursos no puede servir como excusa permanente para la falta de criterio.
Porque la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿de verdad se quiere seguir por este camino? ¿De verdad se prefiere mantener este modelo antes que apostar por la formación seria y estructurada de vestidores? Es incomprensible que, en lugar de invertir en crear equipos preparados, en enseñar, en aprender y en dignificar este oficio, se siga dependiendo de personas que, amparadas en su supuesta condición de imprescindibles, actúan sin control y sin dirección. Mientras no se afronte ese problema de raíz —formando a gente y estableciendo criterios claros— todo lo demás seguirá siendo lo que ya es: improvisación, dependencia y un deterioro constante de la imagen pública de las hermandades.
Ver a la Virgen de Dolores de esta guisa el día de su Septenario es lo más triste y lamentable que podemos sentir y ver los devotos. Y que lo sigan permitiendo es para que a la Junta de Gobierno entera se le caiga la cara de vergüenza. De verdad vais a presentar el manto restaurado con la Virgen de lamentable. Si es así no hay palabras.

2 comentarios:
Yo no entiendo si tiene buen colocado el tocado la mantilla yo solo opino por si me gusta o no y este año sí que es verdad que me gusta menos que el año pasado pero no me parece tampoco que esté horrible. Yo creo que detrás andan también los pupilos del vestidor medio aprendiendo
Pues que dios nos coja confesados, cuando hablo de formar lo incluyo a él también. Me refiero a que formen profesionales en la materia, no los causantes de esas desfeitas. En fin
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