La Semana Santa es, para muchas ciudades, uno de los momentos más importantes del año. No solo desde el punto de vista religioso, sino también cultural, patrimonial y social. Requiere planificación, sensibilidad, respeto por la tradición y, sobre todo, una gestión capaz de mejorar lo que ya existe. Por desgracia, la sensación que se está instalando en los últimos tiempos es justo la contraria: en lugar de avanzar, vamos hacia atrás.
La llegada de la nueva junta de cofradías generó, en su momento, ciertas expectativas. Muchos pensaban que podría traer nuevas ideas a pesar de ser realmente continuista, una forma diferente de hacer las cosas, o al menos la voluntad de corregir errores que ya se arrastraban desde hace años. Sin embargo, lo que estamos viendo es preocupante: no solo no se corrigen los fallos del pasado, sino que algunos aspectos parecen haberse deteriorado todavía más.
Un ejemplo claro es la falta de difusión de actos fundamentales. Que el pregón de la Semana Santa no se retransmita resulta difícil de entender en pleno siglo XXI. Hoy en día la comunicación es esencial para cualquier evento que aspire a tener alcance y relevancia. La retransmisión de actos no solo acerca la celebración a quienes no pueden asistir, sino que también proyecta la imagen de la ciudad y de su Semana Santa. Si además se confirma que tampoco se retransmitirán la presentación de la revista y el procesionario, la sensación de retroceso será aún mayor.
A esto se suma una programación musical que genera desconcierto. En plena Cuaresma. En plena preparación de la Semana Santa, cuando la música procesional debería ocupar un lugar central, aparecen en actos cofrades coros y rondallas que, sin desmerecer su valor musical, no responden al contexto ni al momento. La música cofrade tiene su espacio, su significado y su tiempo en el calendario. Sustituirla por otras propuestas en estas fechas transmite la impresión de que se está perdiendo el sentido de lo que se organiza.
Lo más preocupante no es solo lo que se hace, sino la sensación de falta de rumbo. No se perciben ideas nuevas, ni proyectos ilusionantes, ni una estrategia clara para mejorar la Semana Santa. En cambio, se percibe rutina, acomodamiento y una gestión que parece conformarse con salir del paso.
Las tradiciones necesitan cuidarse, pero también renovarse con inteligencia. Mantener lo valioso, corregir lo que no funciona y abrir la puerta a mejoras es la única manera de garantizar que una celebración siga teniendo vida y relevancia. Cuando falta esa ambición, lo que queda es una estructura que simplemente gestiona la inercia.
Y eso, para una Semana Santa con historia, con patrimonio y con potencial, es una oportunidad perdida. Porque lo verdaderamente preocupante no es equivocarse, sino no tener la voluntad de cambiar cuando las cosas claramente no funcionan.

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