La designación de la periodista Ketty Garat como pregonera de la Semana Santa de Ferrol de 2027 vuelve a poner sobre la mesa una cuestión que va mucho más allá de un nombre propio: la preocupante falta de renovación, imaginación y ambición que parece haberse instalado en la Junta General de Cofradías y Hermandades de Ferrol.
Fernando Iguacel afronta su segundo año al frente de la presidencia de la Junta de Cofradías y, por el momento, cuesta encontrar motivos para hablar de un cambio de rumbo. No se trata de cuestionar la capacidad de las personas elegidas ni de restarles méritos profesionales o personales. Se trata de preguntarse por qué, una vez más, se apuesta por los mismos planteamientos, las mismas fórmulas y los mismos esquemas de siempre.
A principios de octubre conocíamos la programación de actividades de la Junta de Cofradías. Y, una vez más, el guion de siempre: pregón, viacrucis, procesionario, horarios, revista y poco más. El A, B, C y D de la Semana Santa ferrolana. Una programación que mantiene las tradiciones, pero que deja muy poco espacio para la sorpresa, la innovación o la búsqueda de nuevas propuestas.
Y ahora llega el nombramiento de la pregonera para 2027. Ketty Garat será la encargada de pronunciar el pregón. Una periodista reconocida, con una trayectoria profesional que nadie pretende poner en duda. Pero la cuestión vuelve a ser la misma: ¿no hay más alternativas? ¿No existen otros perfiles, otras voces, otras personas con historias que contar y perspectivas diferentes sobre la Semana Santa?
Desde 2022, cuatro de los cinco pregones celebrados han tenido como protagonistas a periodistas. Con Ketty Garat serán cinco de seis. Hemos pasado de una etapa en la que predominaban los perfiles vinculados a la curia y al ámbito militar, aquella época de autoridades religiosas, almirantes y personalidades institucionales, a otra en la que parece que el periodismo se ha convertido en el recurso habitual para encontrar pregoneros.
Y conviene aclarar algo: no estamos discutiendo la valía de las personas elegidas. Tampoco se trata de cuestionar sus trayectorias, sus méritos o su capacidad para pronunciar un buen discurso. El problema es la reiteración de perfiles y, sobre todo, la sensación de que seguimos buscando fuera de la propia Semana Santa a quienes tienen que pregonarla. Personas que, en muchos casos y hablando en términos generales, contemplan la Semana Santa desde cierta distancia, sin vivir necesariamente su día a día, su trabajo, sus dificultades y sus preocupaciones.
Siempre he defendido una idea muy sencilla: la Semana Santa tiene que ser pregonada por la gente de la Semana Santa. Por quienes están dentro, por quienes forman parte de ella, por quienes trabajan durante meses para que todo salga adelante, por quienes visten el hábito, cargan con los pasos, organizan las procesiones, preparan los cultos, colaboran en las cofradías y mantienen viva esta celebración durante todo el año.
La gente de a pie. Esa es la que vive la Semana Santa, la que trabaja por la Semana Santa y también la que sufre la Semana Santa. La que conoce sus sacrificios, sus problemas, sus alegrías, sus contradicciones y sus momentos especiales. La que sabe lo que cuesta sacar adelante cada procesión y cada actividad. La que no necesita que nadie le explique lo que significa formar parte de una hermandad porque lo experimenta en primera persona.
¿De verdad no hay entre los miles de personas vinculadas a la Semana Santa ferrolana alguien con una historia, una experiencia y una sensibilidad suficientes para pronunciar el pregón? ¿No hay cofrades, mayordomos, portadores, responsables de hermandades, investigadores, músicos, voluntarios o personas que llevan décadas trabajando desde el anonimato? ¿Por qué seguimos recurriendo una y otra vez a autoridades, personalidades, curas, almirantes o periodistas?
Hubo una etapa, entre 2015 y 2019, en la que se apostó por perfiles diferentes, personas vinculadas a la propia Semana Santa, a la sociedad ferrolana y a su tejido asociativo. Ahí estuvieron Ana Martín, Emilio Fernández, Francisco José de la Iglesia o Cristóbal Dobarro. Personas con trayectorias distintas y experiencias propias que demostraban que había vida más allá de los nombres habituales.
No se trata de establecer una prohibición ni de cerrar las puertas a nadie. Un periodista puede ser un magnífico pregonero, igual que un sacerdote, un militar o cualquier otra personalidad. Pero ¿por qué convertir determinados perfiles en la opción recurrente? ¿Por qué no dar prioridad a quienes conocen la Semana Santa desde dentro? ¿Cuándo vamos a dejar de pensar que para pregonar una celebración de esta naturaleza hace falta necesariamente un nombre conocido, un cargo o una determinada relevancia pública?
El problema, sin embargo, es bastante más profundo que la elección de un pregonero o una pregonera. Es una cuestión de actitud. De entender la gestión de una institución como algo más que mantener lo que ya existe. Dirigir una Junta de Cofradías no debería consistir únicamente en administrar un calendario, organizar los actos habituales y garantizar que todo salga adelante. También debería significar tener ideas, plantear objetivos, asumir riesgos y buscar fórmulas para que la Semana Santa evolucione sin perder su identidad.
Porque conservar una tradición no significa condenarla a la inmovilidad. Y respetar lo que se ha hecho durante décadas no obliga a repetirlo eternamente.
Hay muchas posibilidades por explorar. Nuevas actividades culturales, propuestas divulgativas, iniciativas para acercar la Semana Santa a los jóvenes, encuentros, exposiciones, debates, proyectos musicales o nuevas formas de explicar y transmitir el patrimonio cofrade. No todo tiene que ser una procesión, un acto institucional o una publicación. Hay vida más allá del programa de siempre.
Pero para hacer cosas diferentes hacen falta argumentos, conocimiento, inquietud y, sobre todo, trabajo. Hay que conocer lo que se hace en otros lugares, estudiar experiencias, escuchar a la gente, detectar oportunidades y tener la valentía de plantear alternativas. No basta con decir que hay que innovar. Hay que saber cómo hacerlo y tener voluntad de llevarlo a la práctica.
Y aquí aparece uno de los grandes problemas: el acomodamiento. Esa sensación de que, si las cosas llevan haciéndose así toda la vida, ¿para qué vamos a cambiarlas? Si el pregón funciona, repetimos la fórmula. Si las actividades son las mismas, volvemos a programarlas. Si las cofradías llevan años organizándose de una determinada manera, seguimos igual. Y así, poco a poco, se instala una peligrosa sensación de conformismo.
Lo preocupante es que esta situación no afecta únicamente a la Junta de Cofradías. También es extrapolable a buena parte del funcionamiento de las propias hermandades. Es cierto que algunas intentan introducir mejoras, renovar actividades y abrir nuevas vías de participación. Pero, en términos generales, seguimos demasiado instalados en una dinámica repetitiva, con escasa capacidad para sorprender y generar nuevas expectativas.
La Semana Santa de Ferrol tiene un patrimonio extraordinario, una historia centenaria, un enorme potencial cultural, artístico, social y turístico, y cientos de personas que trabajan para mantener viva una de las celebraciones más importantes de la ciudad. Precisamente por eso merece algo más que una gestión basada en repetir cada año el mismo manual de instrucciones.
No se trata de cambiar por cambiar, ni de convertir la Semana Santa en algo que no es. Se trata de entender que las tradiciones también necesitan estímulos, nuevas ideas y personas capaces de mirar más allá de lo que tienen delante.
Fernando Iguacel todavía tiene tiempo para imprimir un sello propio a su presidencia. Pero para ello tendrá que demostrar que existe algo más que continuidad. Que hay un proyecto, una visión y una voluntad real de abrir ventanas en una institución que parece llevar demasiado tiempo mirando siempre por las mismas.
Porque las oportunidades de renovar, mejorar y sorprender no aparecen todos los días. Y cuando aparecen, hay que tener la capacidad de reconocerlas y el valor de aprovecharlas.
De lo contrario, seguiremos exactamente donde estamos: haciendo lo de siempre, nombrando perfiles parecidos, programando los mismos actos y repitiendo las mismas fórmulas. El A, B, C y D. Un año detrás de otro.
Y termino con una reflexión que me parece fundamental: la Semana Santa no necesita necesariamente grandes nombres para ser pregonada. Necesita voces que la conozcan, que la sientan y que sepan transmitir lo que significa vivirla desde dentro. Menos autoridades y más gente de a pie. Menos escaparate y más sentimiento. Menos recurrir a los nombres de siempre y más mirar hacia quienes hacen posible la Semana Santa durante todo el año.
A ver cuándo aprendemos que la Semana Santa no la hacen los cargos, los títulos ni los nombres conocidos. La hacen las personas que están ahí, trabajando, colaborando y sacrificándose por ella.
La Semana Santa de Ferrol merece mucho más que sobrevivir instalada en la rutina. Merece ilusión, ambición, ideas y, sobre todo, futuro.

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